17 de diciembre de 2011
San Juan, Capital
Sin trabajo pendiente que terminar, ni nuevos amigos de este hostel, ni muchas ganas de nada, Sky High se planteó el siguiente dilema: "¿Y ahora, pa'onde sigo?" Partes del viaje habían sido planeadas, otras partes salieron de improvisación. Ahora sin plan ni ímpetu, se encontró en San Juan, sin mucho por hacer. Antes de ponerse a pensar cuál sería su próxima provincia destino, con la Navidad pisándole los talones, decidió pasear un poco por San Juan. Después de todo, allí estaba, ¿no?
Esa mañana fue a la oficina de turismo otra vez para ver qué se podía hacer. Hubo cuatro opciones viables: La Torre de la Catedral, El Dique, la casa natal de Sarmiento y el Jardín de los Poetas.
El próximo bus al dique salía en una hora y media, una vagancia total esperar tanto. Además, se haría tremendo viaje para estar un rato y tener que volver. No tenía ni bikini, ni mate, ni música. Descartado.
Para visitar la Torre de la Catedral, tenía que volver al centro, y ese paseo lo podía combinar con la casa natal de Sarmiento al otro día.
El colectivo al Jardín de los Poetas era uno normal, de línea, que debía pasar cada 20 minutos como mucho y tenía parada justo en la puerta de la terminal. Claramente, eligió ese destino para la tarde.
Esperar el colectivo 23 era como jugar al Bingo: Venían todos los números menos el indicado. Literalmente, pasó el 21, el 20, el 24, el 25... toda la línea del veinti... pero no el 23. Finalmente, ante los incrédulos ojos de Sky High, llegó. El viaje duraba 45 minutos, según el chofer y ella aprovechó para conocer un poco más de San Juan, los alrededores de la ciudad. Y así vio, en una calle cualquiera, un lindo graffitti:
"Caminar es deletrear la eterna espalda del mundo"
De algún modo, tenía relación con el nombre elegido de este blog, y quedó pensando en eso hasta que el chofer le indicó que habían llegado a su parada.
Ella fue la única que se bajó, a pesar de que el colectivo estaba repleto de gente con bolsos, mates, pelotas, lonas y equipos de playa. Cuando puso un pie en la acera y el ómnibus se fue, se dio cuenta de que le había pifiado al destino. Debería haber seguido a la multitud... o no.
El Jardín de los Poetas era un lugar hermoso, mágico y desierto. No había nada de nadie. En unos segundos encontró la entrada y se dirigió allí, pensando que quizás, tal vez, había gente del otro lado, o más allá, o acullá. Pero no. Naides. Era extraño, de cuento, preciosamente desolado.
Un caminito recorría el parque bordeado de bustos de poetas. El juego de "A ver cuántos escritores reconozco" la dejó frustrada enseguida y lo abandonó para pasar a otros menesteres. Resulta que al final no estaba sola allí, había un cachorrito buscando agua y mimos.
Un ratito después, ya eran amigos y el cachorrito la acompañó como pudo en su paseo. Estaba muerto de sed, tanto que incluso después de haberse terminado la botella de litro de agua de Sky High, seguía con dificultades para caminar por la deshidratación. Ella no quería dejarlo solo, pero no tenía más agua y sí tenía la sensación de que no quería que le agarrara la noche allí.
Descartando la idea de sentarse a leer un rato, Sky High caminó de regreso hasta la ruta para tomar el colectivo de vuelta. Unos ciclistas profesionales pasaron. Unos ciclistas de paseo pasaron. Un auto pasó. Y se detuvo.
-¿Estás perdida?
-No, no. Gracias. Estoy esperando el colectivo.
-¿Para dónde vas?
-Al centro.
-Te llevo, ¿querés?
-No, gracias -contestó ella, luchando entre la desconfianza y la confianza en la buena voluntad de la gente-. Espero el colectivo.
-¿Querés que te deje agua? Tengo muchas botellas porque me voy para el campo y siempre tengo muchas congeladas.
-No, gracias, no se haga problema.
-Dale, piba, que hace calor.
Se bajó del auto, encaró para el baúl y sacó una botella de agua congelada. Sky High siempre malpensada, se puso en alerta. Nada pasó. Pero podría haber pasado. Pero nada pasó. El hombre se fue y ella volvió al jardín a dejarle la botella de agua al perrito. A medida que se descongelaba, le daría agua fresca para tomar. Pero el perrito no estaba.
Al subir al colectivo de vuelta, se encontró con que era el mismo conductor que la recibía con una sonrisa socarrona al buen estilo "turista, te tomaste un bondi por una hora y te volvés corriendo a la ciudad".
En fin, así había salido el día. Un sustito con el Gauchito Gil, un compañero perruno, muchos poetas desconocidos y un viaje en colectivo por los suburbios sanjuaninos.
"Seguro que mañana será mejor", pensó al dormirse, mientras escuchaba a la parejita de mujeres que estaba en la cama cucheta de arriba hablando en susurros en una cucharita inocente.
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