lunes, 11 de junio de 2012

La mina de la Loca, Parte Navideña I


Córdoba, Mina Clavero 
24 de diciembre de 2011

Esa mañana, al parecer, se habían levantado con ganas de caminata y Juan les recomendó visitar el Parque Nacional La Quebrada del Condorito. Como era la víspera de Navidad, les sugerieron ir temprano porque a la tarde los micros se llenaban de toda la gente que iba a Mina Clavero (que parecía ser bastante) a cenar y quizás no podrían volver del parque.
Esa noche, la de Navidad, los comensales serían: Juan, el Obnoxious American, Sky High y una pareja que había aparecido de la nada. Rasta y Cheta de Ramos.
La tarde anterior, mientras Sky High y su amigo hacían no me acuerdo qué, sonó el timbre. Como Juan no estaba ni mucho menos Celeste, Sky High decidió atender la puerta.
-¿Hay lugar en el hostel para pasar dos noches?
-Mirá, la verdad es que el lugar está cerrado. No me preguntes por qué estoy acá, pero la dueña se fue por el fin de semana y el sereno está trabajando en un bar acá a unas cuadras.
Rasta le contó a Sky High, con no tan oportunas interrupciones de Cheta de Ramos, que habían visitado varios hostels de Mina Clavero y ninguno estaba abierto ese fin de semana. Al parecer, el pueblo se llenaba de familias que festejaban allí y la ciudad perdía su ritmo habitual. Había sí un lugar que les había ofrecido una habitación, pero gracias a la interrupción de Cheta de Ramos, Shy High supo que ese lugar era poco amigable, con humedad, frío, feo, fastuoso.
-Pero no estaba tan mal, amor.
-¡Era horrible! No te imaginás.
-¿Dónde lo ubicamos a Juan para preguntarle?
Dos horas después, volvieron y se instalaron. Juan se había hecho unos pesitos extra ese fin de semana.
La parejita feliz se ubicó en la habitación que ellos habían inspeccionado la noche anterior cuando Juan llegó y les cortó la emoción Sherlockiana.
Se acomodaron rápido y se escondieron en la pieza.
El obnoxious American y Sky High salieron para su paseo del día. Un micro que salía de la terminal los dejó en la entrada del parque. Decirle entrada era bastante amable, ya que solo era un camino poco amigable que los conducía a la entrada propiamente dicha.
El lugar estaba desierto. El camino no parecía conducir a ningún lado, pero como estaban ahí y no tenían otra cosa que hacer, comenzaron a caminar.
No era el día más soleado ni más cálido de la semana y empezaron a sentir frío. En ese momento no era tan grave, algunos rayitos de sol que asomaban desde entre las nubes más la caminata lograron que ellos entraran en calor. Además, al parecer, las risas también son aclimatadoras. Charlaron sobre vacas, vacas asesinas, caminos, piedras, cosas que se charlan en esas caminatas y así, al rato, llegaron a la entrada.
Sky High ya estaba cansada para ese entonces, pero obviamente no dijo nada.
El viento era ahora un poco más cruel.
La entrada al parque tenía una zona de descanso con unos juegos para niños. Parecía una plaza. Los juegos eran de madera, muy diferentes a los que uno ve en las plazas de Buenos Aires y pasaron buen rato sentados en unos de los bancos que había allí, jugando con la idea de jugar. Pero no, alguien apareció en la entrada y decidieron empezar el trekking propiamente dicho.
Esta persona era una encargada de limpieza que les indicó dónde ir a buscar información.
Dentro de la oficina de informes había un par de fósiles, un empleado con pocas ganas de trabajar y una cabeza de Condorito medio destruida que descansaba sobre una banqueta detrás del mostrador. Sky High le sacó una foto porque de chica había leído mucho a Condorito y como sonrió al hacer la asociación de “parque de cóndores” + “Condorito”, le explicó al americano quién era ese personaje.
Había dos caminos. Uno largo y otro corto. Uno con una vista buenísima según el guardaparques, el otro con una vista buena.
Mapa en mano y con poco tiempo que perder, emprendieron el viaje por el camino más corto.
Mientras andaban, creo que hubo conversaciones sobre la cena, la Navidad, el menú. Todo muy ameno hasta que llegaron a un cartel que decía:

“Usted se encuentra en hábitat de Pumas y Yararás. En caso de un encuentro, por favor siga las instrucciones siguientes:

En caso de puma: Bla bla bla
En caso de ser mordido por una yarará: Bla bla bla

Fin”.

Entonces, con un cierto miedo en la sangre, continuaron en camino. Hicieron algunas bromas al respecto, pero en el fondo, los dos tenían un poco de miedo. Incluso, como parte de la broma, pero con la quasiseguridad que eso les otorgaba, caminaron un largo trecho con piedras en sendas manos. Una de las instrucciones para espantar un puma eran:

“No corra. Tome inmediatamente a los niños pequeños en brazos. Trate de aparentar ser más grande de lo que es. Eleve los brazos”.

Entre risas y seriedades, llegaron al acuerdo de que el americano acabaría en los hombros de Sky High agitando los brazos para espantar al enemigo. De todos modos, las risotadas de ella serían antídoto suficiente.

Así siguieron un poco más, complotando contra alimañas posibles, hasta que se dieron cuenta que en algún momento habían perdido el camino, porque este terminaba abruptamente y no había ni acantilado ni valle ni cóndores a la vista.

En el trayecto, les había parecido más fascinante un zurco en el pasto que habían hecho unas trabajadoras hormigas que los cóndores. Sacaron varias fotos de esto y volvieron.

Así, se encontraron a eso de las cinco de la tarde, en la ruta, esperando al micro que pasara por allí y los llevara de vuelta a Mina Clavero, la ciudad. Ahí fue dónde vieron al único cóndor que vieron. Uno bebé que se paró en una parecita al otro lado de la ruta. También sacaron fotos.

Un micro pasó, y también pasó otro. Pero no pararon. Sky High y el Obnoxious American quedaron un rato más al costado de la ruta esperando hasta que uno se dignó a parar.

Volvieron al hostel e hicieron las compras para la cena. El menú: Pizza a la parrilla amasada por Sky High y cocinada por “los hombres” que hicieron el fuego. La Cheta de Ramos no hizo más que entorpecer.

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