Córdoba, Mina Clavero
24 de
diciembre de 2011
Esa
mañana, al parecer, se habían levantado con ganas de caminata y Juan les
recomendó visitar el Parque Nacional La Quebrada del Condorito. Como era la
víspera de Navidad, les sugerieron ir temprano porque a la tarde los micros se
llenaban de toda la gente que iba a Mina Clavero (que parecía ser bastante) a
cenar y quizás no podrían volver del parque.
Esa noche,
la de Navidad, los comensales serían: Juan, el Obnoxious American, Sky High y
una pareja que había aparecido de la nada. Rasta y Cheta de Ramos.
La tarde
anterior, mientras Sky High y su amigo hacían no me acuerdo qué, sonó el
timbre. Como Juan no estaba ni mucho menos Celeste, Sky High decidió atender la
puerta.
-¿Hay
lugar en el hostel para pasar dos noches?
-Mirá, la
verdad es que el lugar está cerrado. No me preguntes por qué estoy acá, pero la
dueña se fue por el fin de semana y el sereno está trabajando en un bar acá a
unas cuadras.
Rasta le
contó a Sky High, con no tan oportunas interrupciones de Cheta de Ramos, que
habían visitado varios hostels de Mina Clavero y ninguno estaba abierto ese fin
de semana. Al parecer, el pueblo se llenaba de familias que festejaban allí y
la ciudad perdía su ritmo habitual. Había sí un lugar que les había ofrecido
una habitación, pero gracias a la interrupción de Cheta de Ramos, Shy High supo
que ese lugar era poco amigable, con humedad, frío, feo, fastuoso.
-Pero no
estaba tan mal, amor.
-¡Era
horrible! No te imaginás.
-¿Dónde lo
ubicamos a Juan para preguntarle?
Dos horas
después, volvieron y se instalaron. Juan se había hecho unos pesitos extra ese
fin de semana.
La
parejita feliz se ubicó en la habitación que ellos habían inspeccionado la
noche anterior cuando Juan llegó y les cortó la emoción Sherlockiana.
Se
acomodaron rápido y se escondieron en la pieza.
El
obnoxious American y Sky High salieron para su paseo del día. Un micro que
salía de la terminal los dejó en la entrada del parque. Decirle entrada era
bastante amable, ya que solo era un camino poco amigable que los conducía a la
entrada propiamente dicha.
El lugar
estaba desierto. El camino no parecía conducir a ningún lado, pero como estaban
ahí y no tenían otra cosa que hacer, comenzaron a caminar.
No era el
día más soleado ni más cálido de la semana y empezaron a sentir frío. En ese
momento no era tan grave, algunos rayitos de sol que asomaban desde entre las
nubes más la caminata lograron que ellos entraran en calor. Además, al parecer,
las risas también son aclimatadoras. Charlaron sobre vacas, vacas asesinas,
caminos, piedras, cosas que se charlan en esas caminatas y así, al rato,
llegaron a la entrada.
Sky High
ya estaba cansada para ese entonces, pero obviamente no dijo nada.
El viento
era ahora un poco más cruel.
La entrada
al parque tenía una zona de descanso con unos juegos para niños. Parecía una
plaza. Los juegos eran de madera, muy diferentes a los que uno ve en las plazas
de Buenos Aires y pasaron buen rato sentados en unos de los bancos que había
allí, jugando con la idea de jugar. Pero no, alguien apareció en la entrada y
decidieron empezar el trekking propiamente dicho.
Esta
persona era una encargada de limpieza que les indicó dónde ir a buscar
información.
Dentro de
la oficina de informes había un par de fósiles, un empleado con pocas ganas de
trabajar y una cabeza de Condorito medio destruida que descansaba sobre una banqueta
detrás del mostrador. Sky High le sacó una foto porque de chica había leído
mucho a Condorito y como sonrió al hacer la asociación de “parque de cóndores”
+ “Condorito”, le explicó al americano quién era ese personaje.
Había dos
caminos. Uno largo y otro corto. Uno con una vista buenísima según el
guardaparques, el otro con una vista buena.
Mapa en
mano y con poco tiempo que perder, emprendieron el viaje por el camino más
corto.
Mientras
andaban, creo que hubo conversaciones sobre la cena, la Navidad, el menú. Todo
muy ameno hasta que llegaron a un cartel que decía:
“Usted se
encuentra en hábitat de Pumas y Yararás. En caso de un encuentro, por favor
siga las instrucciones siguientes:
En caso de
puma: Bla bla bla
En caso de
ser mordido por una yarará: Bla bla bla
Fin”.
Entonces,
con un cierto miedo en la sangre, continuaron en camino. Hicieron algunas
bromas al respecto, pero en el fondo, los dos tenían un poco de miedo. Incluso,
como parte de la broma, pero con la quasiseguridad que eso les otorgaba,
caminaron un largo trecho con piedras en sendas manos. Una de las instrucciones
para espantar un puma eran:
“No corra.
Tome inmediatamente a los niños pequeños en brazos. Trate de aparentar ser más
grande de lo que es. Eleve los brazos”.
Entre
risas y seriedades, llegaron al acuerdo de que el americano acabaría en los
hombros de Sky High agitando los brazos para espantar al enemigo. De todos
modos, las risotadas de ella serían antídoto suficiente.
Así
siguieron un poco más, complotando contra alimañas posibles, hasta que se
dieron cuenta que en algún momento habían perdido el camino, porque este
terminaba abruptamente y no había ni acantilado ni valle ni cóndores a la
vista.
En el
trayecto, les había parecido más fascinante un zurco en el pasto que habían
hecho unas trabajadoras hormigas que los cóndores. Sacaron varias fotos de esto
y volvieron.
Así, se
encontraron a eso de las cinco de la tarde, en la ruta, esperando al micro que
pasara por allí y los llevara de vuelta a Mina Clavero, la ciudad. Ahí fue
dónde vieron al único cóndor que vieron. Uno bebé que se paró en una parecita
al otro lado de la ruta. También sacaron fotos.
Un micro
pasó, y también pasó otro. Pero no pararon. Sky High y el Obnoxious American
quedaron un rato más al costado de la ruta esperando hasta que uno se dignó a
parar.
Volvieron
al hostel e hicieron las compras para la cena. El menú: Pizza a la parrilla
amasada por Sky High y cocinada por “los hombres” que hicieron el fuego. La
Cheta de Ramos no hizo más que entorpecer.