19 de diciembre de 2011
Córdoba Capital - Mina Clavero
Entonces se hicieron eso de las seis. Sky High se había convencido de que no podría bajar el archivo que necesitaba para trabajar, así que solo les quedó armar las mochilas y partir. Se acercaba la hora de la partida del micro pero en pos de seguir ahorrando y viviendo al estilo "hippielike" decidieron caminar las doce cuadras que los separaban de la terminal de ómnibus.
Entre el peso de las mochilas (cargaban dos cada uno) más la poca movilidad que tenían por esa exacta misma razón, navegar por las calles de Córdoba Capital inundadas de gente no era tarea fácil. Había de todo, estudiantes, oficinistas, amas de casa en busca de precios. Todos en un apuro normal, de vida normal. Pero ellos estaban de vacaciones y con carga, entonces iban a destiempo del resto.
Lentos pero con un cierto ritmo, se movían entre la multitud y avanzaban siguiendo el estratégico plan de cuidarse las espaldas y las mochilas. Quien iba detrás cuidaba el equipaje del de adelante.
-I've got you covered. Go!
Esas doce cuadras a pie fueron una despedida de los lugares que habían visitado los pasados dos días y los mismos de los que ahora querían escapar en busca de paz y mates y río y sol y más paz. El museo, la plaza, el negocio de tatuajes. Habían pasado de casualidad y allí la vieron: la imagen de la bailarina hawaiana tan horrible que el Obnoxious American tenía tatuada en la pierna y que al fin de cuentas sí tenía una historia detrás. Él se había emocionado bastante al ver su diseño, casi igual al diseño que su padre tenía tatuado en la pierna también. ¿O era en el brazo? ¿O el pecho? A los fines del relato, poco importa. Además, no me acuerdo. El diseño era casi igual porque el dibujo del padre mostraba los pechos de la mujer y el Obnoxious American, cuidando de la inocencia de sus sobrinos, se los había hecho tapar con el collar de flores que la bailarina llevaba en el cuello. Habían entrado al negocio para averiguar sobre piercings de ombligo para Sky High, y ahí la vieron, la Sailor Jerry dancer, en un cuadro, en la otra punta del continente. Al fin, foto y un "te la mando por mail", fue lo único que hicieron allí.
Entonces, transpirados, cansados y como siempre, emocionados por conocer un nuevo destino, llegaron a la terminal de micros. Enseguida encontraron la boletería para comprar los pasajes.
-Sale en media hora. Lo esperan por allá. Sale de cualquier plataforma.
La peor pesadilla del Obnoxious American y una pesadilla tamaño normal para Sky High. El temor de buscar el lugar correcto en su máxima potencia. "Para allá" no parecía ser una indicación muy precisa. Por suerte, cuando llegaron al lugar indicado, vieron que solo había cinco o seis plataformas. Nada que no pudieran manejar.
Esperaron un rato y el micro no venía. Sky High, como de costumbre, se le ocurrió la fantástica idea de tener ganas de hacer pis. Como si, al liberarse del estrés de encontrar la plataforma correcta a tiempo, necesitara otra emoción pre-embarque. Así que salió corriendo ante la atónita e incrédula mirada del americano que quedó a cargo de los bolsos y de detener al micro en caso de que ella tardara demasiado. Sky High, por su parte, sentía la adrenalina de correr con todo lo que le daban las patas para encontrar otro baño (el primero que vio estaba cerrado con llave), hacer lo suyo y volver. Por suerte, lo logró, con tiempo de sobra para fumarse un cigarrillo antes de subir al micro.
El viaje hasta Mina Clavero tardó más de lo que suponía. Todavía no había aprendido que las distancias en las sierras y cerros no se miden en kilómetros sino en tiempo. No es lo mismo 144 kilómetros en ruta recta que 144 kilómetros con tres mil quinientas curvas. Tardaron varias horas en llegar, de hecho, ya era de noche cuando el micro estacionó en la terminal.
Sky High durmió todo el viaje, como siempre, pero antes de caer en las redes del sueño pudo disfrutar de las bellezas del paisaje cordobés. Las mil quinientas curvas, por suerte, no le dieron náuseas, el temor más architemido por ella, pero sí le mostraron verdes vistas y horizontes de cuento. Entonces, cuando llegaron, se sacó las lagañas de los ojos y las pesadillas de la mente y salieron en busca del hostel que habían reservado.
Según las indicaciones de alguien, dos cuadras para allá y en la esquina de la estación de servicio a la izquierda. Las indicaciones fueron correctas, puesto que allí encontraron el hostel. Lo que no les fue indicado fue cómo lograr que les abran la puerta después de tocar el timbre una y otra vez.
Varios minutos de duda al estilo WTF? precedieron la apertura de la puerta en manos de Celeste Cid (no era parecida físicamente, pero sí la onda).
-¿Celeste?
-Sí.
-Hablamos por teléfono hace un rato. Te hice una reserva desde Córdoba capital.
-Ah... sí... bueno. Pasen... pasen por acá.
-¿Necesitás el DNI para hacer el check-in?
-No. Lo hacemos mañana. No tengo lapicera.
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