martes, 24 de abril de 2012

La Mina de la Loca, Parte II

Días siguientes de diciembre, de 2011
Mina Clavero, Córdoba

Después de tal conversación, comenzaron a sospechar que la atención sería en este hostel, al menos, y por definirla de algún modo, rara y relajada.
La habitación era bonita. Sencilla, pero bonita. Tenía un escritorio que Sky High pensó que usaría para trabajar, cosa que, al final, no lo hizo en todos los días que estuvieron allí. El baño parecía ser cómodo.
La casa en general, porque era una casa reformada, era hermosa. Uno podía imaginarse, al poner un pie allí, viviendo una vida tranquila en esa morada con hogar a leña y todo. Con perro guardián de tamaño acorde y todo. Ramón se llamaba la bestia, porque era una bestia, pero una bestia hermosa. El pelaje negro lo hacía ver maligno, pero ante la primera interacción, uno podía comprobar que era un perro súper manso, súper dócil, de esos que uno tiene ganas de tener en los pies de la cama un día de invierno.
Una vez que inspeccionaron la habitación y arrojaron las cosas sin mirar muy bien dónde caían, se fueron a la cocina a ver qué hacían de comer. Para llegar ahí había que atravesar un patio, una especie de fondo, que tenía pasto, una hamaca paraguaya, unas mesas con sillas, todo muy acogedor. Todo gritaba "compremos cerveza y quedémonos hasta las tres de la mañana fumando y charlando". Cosa que hicieron, otro día. Esta noche, solo tocaba comer algo y dormir. Pero la cocina estaba ocupada. Estaba Celeste, una amiga y un niño, de unos cuatro años, que era claramente el hijo de una de ellas. Parecían estar interrumpiendo una escena muy familiar, así que hicieron la cena rápido y se fueron a la habitación.
Enseguida la conversación de sobremesa se dirigió al trío que habitaba en la casa. ¿No eran ambas demasiado jóvenes para tener un hijo? Ninguna de las dos superaba los 20. ¿Qué relación había entre ellas? Nadie con pinta de responsable apareció en el hostel. ¿Celeste era la empleada a cargo? ¿Era la dueña? No, claro. Sería la hija del dueño.
Entre charlas, música, puchos y demases, terminó el día.
A la mañana siguiente, se dispusieron a pasear por allí, no sin antes tomar unos mates en el patio. Hicieron unas compras de provisiones, armaron el equipo de mate y se fueron al río. Los días siguientes, y en verdad, todos los días que pasaron en Mina Clavero, repitieron esa rutina, con algunas modificaciones. A veces iba a un río, otras a otro, a veces temprano, a veces tarde. A veces desayunaban mate, otras café con leche.
La realidad era que hacía varios días que viajaban juntos, entre Mendoza, Chile, ahora Córdoba, entonces ya se conocían los tiempos de cada uno, los gustos, y como varios eran iguales, las actividades de los días danzaban una música al unísono, todo resultaba cómodo, familiar, ameno. Decidir qué hacer no era nunca un problema y las horas pasaban rápidas y tranquilas entre ellos.
Tuvieron algún problemilla mínimo que otro, y nunca era por ellos mismos. Uno de ellos sucedió una tarde, cuando regresaban de un paseo. Tocaron el timbre de la puerta principal y nada. Nadie les vino a abrir. Por un rato largo. Mientras esperaban que alguien les abriera, recordaron la única referencia que alguien había dejado del hostel en la página web de Hostelling International. Teniendo en cuenta mi paupérrima memoria y lo que quedó "lost in translation" el comentario decía más o menos así:
El hostel es un lugar hermoso, pero la administradora debería hacerse cargo mejor de sus pasajeros. Cuando llegué, estuve en la puerta dos horas sin que nadie me abriera. No puede ser que uno llegue y no haya nadie para recibirlo. Una vergüenza.
En su momento, no le dimos importancia. Era un solo comentario de una chica alemana y ambos, una latina y un yanki, desestimamos la queja. Después de todo, los alemanes son demasiado puntuales y quisquillosos.
Pero ahora, en la puerta del hostel sin poder entrar, todo tomó otro color. Por suerte, al rato, llegó Celeste y les abrió. Sin dar explicaciones ni pedir disculpas. Todo cada vez más raro.





miércoles, 18 de abril de 2012

La Mina de la Loca, Parte I

19 de diciembre de 2011
Córdoba Capital - Mina Clavero

Entonces se hicieron eso de las seis. Sky High se había convencido de que no podría bajar el archivo que necesitaba para trabajar, así que solo les quedó armar las mochilas y partir. Se acercaba la hora de la partida del micro pero en pos de seguir ahorrando y viviendo al estilo "hippielike" decidieron caminar las doce cuadras que los separaban de la terminal de ómnibus.
Entre el peso de las mochilas (cargaban dos cada uno) más la poca movilidad que tenían por esa exacta misma razón, navegar por las calles de Córdoba Capital inundadas de gente no era tarea fácil. Había de todo, estudiantes, oficinistas, amas de casa en busca de precios. Todos en un apuro normal, de vida normal. Pero ellos estaban de vacaciones y con carga, entonces iban a destiempo del resto.
Lentos pero con un cierto ritmo, se movían entre la multitud y avanzaban siguiendo el estratégico plan de cuidarse las espaldas y las mochilas. Quien iba detrás cuidaba el equipaje del de adelante.
-I've got you covered. Go!
Esas doce cuadras a pie fueron una despedida de los lugares que habían visitado los pasados dos días y los mismos de los que ahora querían escapar en busca de paz y mates y río y sol y más paz. El museo, la plaza, el negocio de tatuajes. Habían pasado de casualidad y allí la vieron: la imagen de la bailarina hawaiana tan horrible que el Obnoxious American tenía tatuada en la pierna y que al fin de cuentas sí tenía una historia detrás. Él se había emocionado bastante al ver su diseño, casi igual al diseño que su padre tenía tatuado en la pierna también. ¿O era en el brazo? ¿O el pecho? A los fines del relato, poco importa. Además, no me acuerdo. El diseño era casi igual porque el dibujo del padre mostraba los pechos de la mujer y el Obnoxious American, cuidando de la inocencia de sus sobrinos, se los había hecho tapar con el collar de flores que la bailarina llevaba en el cuello. Habían entrado al negocio para averiguar sobre piercings de ombligo para Sky High, y ahí la vieron, la Sailor Jerry dancer, en un cuadro, en la otra punta del continente. Al fin, foto y un "te la mando por mail", fue lo único que hicieron allí.
Entonces, transpirados, cansados y como siempre, emocionados por conocer un nuevo destino, llegaron a la terminal de micros. Enseguida encontraron la boletería para comprar los pasajes.
-Sale en media hora. Lo esperan por allá. Sale de cualquier plataforma.
La peor pesadilla del Obnoxious American y una pesadilla tamaño normal para Sky High. El temor de buscar el lugar correcto en su máxima potencia. "Para allá" no parecía ser una indicación muy precisa. Por suerte, cuando llegaron al lugar indicado, vieron que solo había cinco o seis plataformas. Nada que no pudieran manejar.
Esperaron un rato y el micro no venía. Sky High, como de costumbre, se le ocurrió la fantástica idea de tener ganas de hacer pis. Como si, al liberarse del estrés de encontrar la plataforma correcta a tiempo, necesitara otra emoción pre-embarque. Así que salió corriendo ante la atónita e incrédula mirada del americano que quedó a cargo de los bolsos y de detener al micro en caso de que ella tardara demasiado. Sky High, por su parte, sentía la adrenalina de correr con todo lo que le daban las patas para encontrar otro baño (el primero que vio estaba cerrado con llave), hacer lo suyo y volver. Por suerte, lo logró, con tiempo de sobra para fumarse un cigarrillo antes de subir al micro.
El viaje hasta Mina Clavero tardó más de lo que suponía. Todavía no había aprendido que las distancias en las sierras y cerros no se miden en kilómetros sino en tiempo. No es lo mismo 144 kilómetros en ruta recta que 144 kilómetros con tres mil quinientas curvas. Tardaron varias horas en llegar, de hecho, ya era de noche cuando el micro estacionó en la terminal.
Sky High durmió todo el viaje, como siempre, pero antes de caer en las redes del sueño pudo disfrutar de las bellezas del paisaje cordobés. Las mil quinientas curvas, por suerte, no le dieron náuseas, el temor más architemido por ella, pero sí le mostraron verdes vistas y horizontes de cuento. Entonces, cuando llegaron, se sacó las lagañas de los ojos y las pesadillas de la mente y salieron en busca del hostel que habían reservado.
Según las indicaciones de alguien, dos cuadras para allá y en la esquina de la estación de servicio a la izquierda. Las indicaciones fueron correctas, puesto que allí encontraron el hostel. Lo que no les fue indicado fue cómo lograr que les abran la puerta después de tocar el timbre una y otra vez.
Varios minutos de duda al estilo WTF? precedieron la apertura de la puerta en manos de Celeste Cid (no era parecida físicamente, pero sí la onda).
-¿Celeste?
-Sí.
-Hablamos por teléfono hace un rato. Te hice una reserva desde Córdoba capital.
-Ah... sí... bueno. Pasen... pasen por acá.
-¿Necesitás el DNI para hacer el check-in?
-No. Lo hacemos mañana. No tengo lapicera.