Este fue el
atardecer más colorido de todos, precisamente la razón de su hermosura. Épico en su
simpleza y sus variopintos colores,
fue el primero en el que vimos la luna.
Y verla no fue fácil, encontrarla en el cielo, menos.
Era apenas un hilo de luna, el creciente más pequeño
que vi.
Cargadas de atardeceres las pupilas como las tengo,
no es fácil que un atardecer supere a mi favorito anterior.
La vara está muy alta.
No es fácil
ganarle a la tormenta venidera descargando su furia el mar de Bali. Pero este lo logró, de tal manera que tengo que frenar tras escribir cada una de estas frases para levantar la vista de las palabras y clavarla en el sol, todo lo que mis ojos resisten,
para no
perderme nada
sin desperdiciar esta musa
que me vino
sin avisar.
Venus
salió obviamente primero, siendo hermano del Venus del amanecer de mi
cumpleaños número 41.
Un fenómeno natural que no sucede a menudo,
por lo que aquel amanecer fue muy especial para mí.
Pero aquel no compite, porque no era atardecer.
El de hoy, unos días antes de que termine el 2019, se robó el primer puesto por casi una cabeza cuando las nubes rosas
comenzaron a aparecer al norte,
(siempre un guiño).
Varios
tonos de rosa.
Al sur, la única nube oscura daba contraste. Su tono gris intenso se perfilaba sobre los azules y los naranjas del cielo, como queriendo buscar telón
para las formas que iría tomando.
Cuando todo este paisaje comenzaba a oscurecerse, se
levantó un viento fresco, que me recordó que la bikini todavía estaba un
poco mojada del chapuzón
que había dado inicio a la velada.
Entonces fue hora de ponerme a hacer la escultura de arena del día,
que prometía ser una de las buenas.
Y lo fue porque sin aún haberla terminado,
unos niños se la hicieron propia y la usaron para jugar.
Un niño de unos cuatro años empezó cabalgando mi monstruo alado
y terminó usándolo de obstáculo en su carrera infinita,
liderado por su hermana mayor
que corría como el viento para levantar su barrilete
y seguido por la menor que apenas había aprendido a caminar
pero sus hermanos mayores ya la incitaban a correr.
El atardecer se convirtió en noche y la magia se volvió habitual,
las charlas,
la vuelta en moto,
la cena en la cama
y a dormir que mañana será otro día.
Si la felicidad se construye con pequeños momentos,
este atardecer fue un ladrillo robusto para mi castillo.